Mostrando entradas con la etiqueta deporte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta deporte. Mostrar todas las entradas

jueves, 26 de junio de 2008

El drama de la publicidad en televisión

A la izquierda, la gráfica de ancho de banda entrante y saliente en Tuenti durante el partido España-Italia, el evento de mayor audiencia de la historia de la televisión en España, con casi dieciséis millones de espectadores. En un subsegmento como el del público de Tuenti, definido como el de los llamados “nativos digitales”, ¿qué demuestra este gráfico? Simplemente, que nadie se queda a ver los anuncios de televisión.
Según cuenta en su blog Enrique Dans, Ícaro Moyano ha recogido en estas dos entradas del blog de Tuenti los datos de los servidores en los partidos España-Rusia, Suecia-España y España-Italia, y los datos no dejan lugar alguno a la especulación: en cada momento de corte publicitario, incluso durante el mínimo intermedio de la prórroga, los espectadores abandonaban la pantalla de la televisión y se volvían a la del ordenador, en una modalidad de zapping especialmente interesante: un zapping que ya no se produce entre diferentes canales, sino entre diferentes medios. Un zapping que no recogen los audímetros: el desprecio al contenido del corte publicitario es tan grande, que ni te preocupas en tocar el mando. Simplemente le niegas tu atención y se la entregas al portátil que tienes en las rodillas o al ordenador que tienes en otra habitación.
Ante semejante palmaria evidencia, ¿cuál es la respuesta de los canales de televisión? La de Cuatro, la tenemos clara y patente: dado que insistimos en irnos en cada corte, hay que hacer los cortes cuando hay algo que estamos deseando ver: en el caso del partido con Italia, la respuesta fue el desprecio más absoluto a los millones de espectadores que, congregados ante la pantalla, deseaban ardientemente ver esos emotivos momentos de celebración, de abrazos y lágrimas, de oponentes moralmente destrozados y físicamente deshechos mientras “la roja” celebraba su triunfo por todo lo alto, y ofrecernos un larguísimo e insensible corte comercial del que, además, presumen por haber logrado tener los anuncios más vistos de la historia de la televisión en España.
Obviamente, sin que las marcas anunciadas (Coca Cola, Audi, Toyota, Mahou o Turismo de Andalucía entre otras) sean aparentemente conscientes de que durante ese corte, los espectadores que dirigieron sus globos oculares hacia la pantalla de la televisión estaban, con los ojos como platos, maldiciendo a Cuatro, a la marca que le privaba de esos momentos mágicos, y a la madre que los parió a todos ellos. Cuando la emisión volvió, los jugadores estaban ya en los vestuarios, y Cuatro se había convertido en el ladrón que robó a los españoles un histórico e histérico, pero sin duda precioso, momento de celebración deportiva.
Las conclusiones son claras: si quieres pagar una auténtica millonada para que un canal de televisión te engañe y presuma contándote que lo espectadores vieron tu anuncio, y para que muchos de ellos te odien por haberles fastidiado su momento mágico, ya sabes: anúnciate en la televisión que menos respeto ha demostrado a sus espectadores. Pero que sepas que nada de lo que te cuentan es verdad: un gran número de espectadores no estaban viendo tus anuncios, sino pasando olímpicamente de ellos (y de Cuatro, y de ti, y hasta de tus peces de colores), y otro gran número se estaba acordando de los familiares más cercanos de los que tuvieron la peregrina ocurrencia de hacer algo así.
El drama de lo que se ha convertido en la gran mentira de la publicidad está servido: tras pagar millones por un contenido, resulta que los intentos por rentabilizarlo mediante lo único que sé hacer, la consabida “publicidad de interrupción”, se encuentran con el obstáculo de que, cada día menos, los espectadores no soportan dicha interrupción. Se acuerdan de la familia de tu comentarista la enésima vez que dice eso de “llama ahora para ganar mil euros en nuestro concurso…” o aquello de que “los San Fermines también son en Cuatro” (¿qué harán allí? ¿Cortarán para poner publicidad cuando los astados enfilen Estafeta?), te vuelven la espalda en cada corte publicitario, y te odian cuando les privas de algo que querían ver.
Houston, Houston… tenemos un problema…

martes, 24 de junio de 2008

¡Lorenzo, por Dios, bájate de la puta moto!

Llevaba varios días queriendo mostrar este post que el mallorquín Eberhard Grosske colgó en su blog hace ya un par de semanas. Me gustó mucho el texto, primero por ser motero y conocer los riesgos que acarrea la movilización sobre dos ruedas y, en segundo lugar, por considerar que la creciente y continua información deportiva que recibimos como bombas de racimo, es excesiva en la cantidad y alienante en el modo en que se produce. Los mitos deportivos que estamos construyendo no nos ayudarán a ser más libres. Ni más sanos y espabilados, por supuesto.

Me pones la piel de gallina con tus abrasiones en el tendón de la mano derecha, tus operaciones en los antebrazos. tu correr con los antebrazos recién operados, tus conmociones cerebrales, tus tobillos rotos, tu correr con los tobillos rotos y tus nuevas caídas sobre tus maltratados tobillos.
Y me pones enfermo cuando, medio amnésico y conmocionado, lo único que se te ocurre preguntar es si vas a poder correr mañana.
Te lo digo a tí pero igual se lo podría decir a ese compañero tuyo (¿Tito Rabat se llama?) que ha estado 48 horas con un coma inducido y que, al despertar, también se ha cabreado con los médicos porque, al llegar a la clínica, le habían prometido correr al día siguiente (para que se callara, claro)
¿Os habéis vuelto locos o qué coño os pasa?
En el catecismo, la Iglesia Católica nos enseña que nuestro cuerpo es como un templo. Es una imagen preciosa pero después resulta que la cosa va de no masturbarse y de follar lo justo. La filosofía oriental también opina que nuestro cuerpo es un templo pero, como siempre, se enrolla mejor y le da a la idea un contenido mucho más profundo e interesante.
Jorge, no tienes que dejar que tus tendones se abrasen estúpidamente contra el asfalto. Tu mano derecha es un trozo de templo, sirve para lo que ahora mismo estás pensando y para muchas cosas más: presérvala. Preserva también tus antebrazos y tus tobillos: ellos te han de servir aún durante muchos años, te han de permitir abrazar a las muchas novias que te esperan y también trotar con ellas al atardercer por la playa: presérvalos. Y, si alguna vez los has de poner en riesgo, que sea por algo muy muy importante y que valga mucho mucho la pena.
Envía a tomar viento a todos los que te dicen que eres un dios, un ídolo y un modelo para la juventud. Eres sólo un juguete en sus manos. Tu escudería, los mecánicos, los políticos que se hacen fotos contigo y los periodistas que babean hablando de tí en el telediario... todos viven de ti y de gente como tú. Os usan, os enaltecen y os olvidan: les importáis un pimiento. Y la afición? Ay, la afición!. Para la afición no eres más que un objeto de consumo, un vehículo para sublimar su agresividad, su competitividad y sus frustraciones. Te adoran ahora porque les eres útil para obtener, ¡qué triste!. satisfacciones proyectadas en los otros. Si mañana decaes o empiezas a perder, harán chistes sobre tí, te criticarán y te olvidarán (observa lo que le va a pasar a Fernando Alonso si no despabila) Como, en el fondo, buscan su propia satisfacción, no les interesan los perdedores. Incluso si, ojalá no ocurra, te pasa como a este compañero tuyo catalán y te quedas en silla de ruedas, pues nada, dos homenajes, dos medallas y al archivo: en este mercado sólo se admiten triunfadores y estrellas fulgurantes.
Al final, ya verás, estarás tú solo con tus tobillos y cuando estés solo con ellos (sin periodistas, sin primeras planas, sin podiums) procura que aún te sirvan para algo
Naturalmente, está el tema de la pasta, Bueno, ya la tienes no? Y siempre puedes redondear la cifra escribiendo un best seller titulado "Por qué lo abandoné estando en la cumbre". Seguro que se venderá
Y en cuanto a las motos, siempre puedes cómprate una superbuena e irte por la carretera con estos grupos tan chulos que van despacito, devorando kilómetros y paisajes y que parecen ser tan felices.
En fin, hijo, perdona mi atrevimiento. Yo lo único que quiero es que no te den gato por liebre, que vivas muchos años y que seas feliz