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martes, 9 de septiembre de 2008

Celia, un huracán militante

Nestor Kohan
Es una pérdida enorme. Nos parece mentira. Celia Hart Santamaría acaba de fallecer junto con su hermano Abel en un accidente automovilístico en La Habana. Nos enteramos anoche. ¡Justo ahora, cuando ella hacía más falta que nunca! Mucha impotencia. Una sensación muy fea en la boca, en la garganta, en el estómago.
Todo el mundo la presenta como “la hija de”. No está mal. Su mamá fue Haydeé Santamaría Cuadrado [ 1922-1980] , militante revolucionaria, emblema y símbolo de la revolución cubana, compañera de Fidel Castro desde los primeros días, asaltante del cuartel Moncada, fundadora de Casa de las Américas. Su papá, Armando Hart Dávalos [1930-] , dirigente histórico de la revolución cubana, fundador del Movimiento 26 de julio también junto a Fidel, ministro de educación de la revolución e inspirador de su célebre campaña de alfabetización. Además de sus padres, Celia contaba entre sus familiares con Abel Santamaría Cuadrado [1927-1953], colaborador político de Fidel desde antes del golpe de estado de Batista, luego asaltante del cuartel Moncada, capturado vivo, torturado y asesinado por la dictadura de Batista.
Pero Celia era mucho más que “la hija de” o la “sobrina de”. Tuvo, tiene y tendrá una luz y un brillo propio. ¿A quien le cabe duda?
Trabé relación con Celia a través de su padre. Fue Armando quien más nos insistió con la necesidad de conocer a Celia. Había entre ambos, padre e hija, una relación muy fuerte, afectiva y emotiva pero también intelectual y política. Todo escritor, cuando escribe, tiene en mente un diálogo con alguien. Me animo a decir que Armando era uno de los interlocutores imaginarios de Celia, al igual que Fidel Castro. Siempre tenía en mente sus opiniones, en un diálogo real o imaginario. Cada vez que Celia me escribía, confesaba: “ me imagino lo que estará pensando mi padre ” o “ lo que debe pensar Fidel de esto que estoy diciendo ”, “ estoy segura que a Fidel le debe encantar ”.
Llegué a Celia por intermedio de Armando. Hace más de una década, en medio del desierto moral e intelectual de los años ’90, durante el reinado feroz e implacable del neoliberalismo en todo el mundo, Armando Hart nos escribió después de leer un trabajo sobre Marx y el tercer mundo publicado en la revista Casa de las Américas. Entusiasmado como un chico, nos envió una conferencia suya sobre el Manifiesto comunista . Al intercambio de cartas y trabajos siguió el encuentro personal, gracias al amigo y compañero Fernando Martínez Heredia, igualmente guevarista como padre e hija.
La primera vez que la vi, Celia no comenzó hablando de la revolución latinoamericana, de Fidel, del Che o de Lenin, Trotsky y los bolcheviques. ¡No! Cuando todavía no habíamos abierto la boca, las primeras palabras que nos dijo, con una sonrisa amplia de oreja a oreja, fueron: “ Estoy muy celosa de tu relación con mi padre” . Así era ella, tremendamente irónica y tierna al mismo tiempo, profundamente humana, muy querible por sobre todas las cosas. La antítesis viviente del “aparato” impersonal que transforma la política de los revolucionarios en algo desalmado, frío, administrativo, burocrático.
Repleta de afecto, de ternura, de humanismo, podíamos discutir sobre cualquier problema de la coyuntura latinoamericana, de Chávez, del futuro de Cuba, de los gusanos de Miami o de lo que sea, y en la mitad, siempre, invariablemente, intercalaba una broma, un chiste, una ironía o una alusión inesperada a un amor suyo, amigo mío.
Celia jugó un papel enorme en la batalla de las ideas de los últimos tiempos, dentro y fuera de Cuba. A mi modesto entender, la palabra de Celia Hart fue muy útil y muy eficaz. Sirvió, como decimos en Argentina, para “abrir cabezas”, es decir, para hacer pensar. ¡Celia ayudó a pensar! Provocó a las distintas tribus de la izquierda latinoamericana obligándolos a escucharse mutuamente (una tarea nada fácil, por cierto).
A los comunistas tradicionales, formados en el mundo cultural de la Unión Soviética, los empujó contra la pared y los obligó a abandonar los prejuicios infundados y a leer, por fin, al “innombrable” y “demoníaco” León Trotsky, tantas veces borrado de fotos y de historias por la censura y también por la autocensura de varias generaciones educadas en el stalinismo. Aunque sea para discutirle, tuvieron que ponerse a leer a Trotsky. Alguno que otro reaccionó con encono, pero la mayoría adoptó otra actitud más suave y racional, tomó como un desafío el planteo de Celia y a partir de allí hubo que volver a pensar y repensar viejos dogmas, hoy apolillados y completamente ineficaces. ¿Quién podía acusar a Celia de desconocer el mundo cultural y político del Este europeo, afín a la URSS, aquel que se cayó con el muro de Berlín, si ella había vivido años y había estudiado física, precisamente, en la República Democrática Alemana (RDA)? ¿Quién podía acusar a Celia de ser “contrarrevolucionaria”, “quinta columna” o vaya uno a saber qué, si ella amaba —no sólo admiraba sino que amaba— a Fidel Castro?
A los trotskistas, latinoamericanos pero también europeos, Celia los increpó y les habló de Fidel y del Che sin pelos en la lengua, con argumentos políticamente rigurosos y también con amor. Les dijo, una y otra vez, que el internacionalismo no se declama en panfletos y revistas universitarias o en la retórica de salón, que la revolución cubana envió casi medio millón de combatientes internacionalistas a Angola y a toda América Latina. Celia los obligó a reclamar por la libertad de los cinco revolucionarios cubanos encarcelados en EEUU. Los interpeló, cada vez que pudo, para que abandonen fórmulas cristalizadas y puedan mirar con otros ojos, no tan prejuiciosos, a Cuba y a su revolución.
Insistimos. La gran virtud de Celia ha consistido en que sus intervenciones, no siempre planificadas ni calculadas con serenidad (lo cual le generó no pocas angustias y dolores de cabeza cuando la prensa burguesa intentaba manipularla o tergiversarla), obligaron a la izquierda a pensar. ¡A pensar! Esa actividad no siempre practicada cuando la pretendida “ortodoxia” del marxismo (sea cual fuera la familia ideológica en cuestión, se pertenezca al guetto que se pertenezca) se transforma en un salvoconducto para rumiar y repetir frases hechas, sin reflexión propia ni pensamiento crítico.
En el mundo cultural de las izquierdas Celia era mirada como una “rara avis”. ¿Fidelista trotskista? ¿Crítica de la burocracia y el mercado y defensora a muerte de la revolución cubana? ¿Guevarista encendida que no acepta participar de homenajes oficiales e institucionales al Che? ¿Cómo es eso? ¡Qué me lo expliquen!... habrá pensado más de uno.

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miércoles, 27 de agosto de 2008

Piden salvar la revolución cubana con un socialismo democrático

Ex funcionarios y militantes comunistas cubanos proponen un socialismo "democrático y participativo" para salvar la revolución, en una declaración en la que afirman que los habitantes de la isla "están frustrados, enajenados y desesperanzados".
Felix Sautié, militante del Partido Comunista de Cuba y ex director de medios informativos oficiales, confirmó en La Habana que él es uno de los firmantes de la proclama divulgada por Internet, que redactó el ex diplomático Pedro Campos con aportes de terceros.
Según el documento, las nuevas generaciones están "desmotivadas" y "no sienten el mismo compromiso que las anteriores" con el proyecto oficial, que califica de "socialismo pobre y sin perspectivas".
Todo ello, agregan, "está conformando una rara especie de 'situación revolucionaria' que podría desatarse imprevistamente y cuya evolución pudiera capitalizar el enemigo" (Estados Unidos).
"Cuba vive una continuada crisis económica, política y social a consecuencia del estancamiento en la socialización, generado por el pleno control burocrático estatal (...) y del permanente y criminal asedio imperialista", dicen los ex funcionarios.
La proclama comienza con una cita de Carlos Baliño, fundador del Partido Comunista, del que sigue siendo primer secretario el ex presidente Fidel Castro aunque convalece de una enfermedad que le obligó a dejar la Presidencia y le impide aparecer en público desde julio de 2006.
"Preservar la revolución demanda progresar de la estatización a la socialización", indican los firmantes, que califican al actual régimen de estalinista.
De lo contrario, advierten, "se profundizarán las dificultades económicas, el desinterés y el rechazo a ese 'no-socialismo', con peligro de una plena restauración capitalista que para Cuba sería la anexión, la absorción de su cultura y un desastre incalculable para la nación y para el movimiento revolucionario internacional".
Su meta es "retomar la confianza del pueblo, ganar a la juventud, desarrollar la economía, mejorar la vida, destruir los fundamentos internos y externos del bloqueo enemigo y hacer una contribución más efectiva al renacimiento socialista que tiene lugar en América Latina".
Recuerdan que el actual presidente, general Raúl Castro, abrió un debate en 2007 en el que, según los firmantes, "las bases se pronunciaron por un socialismo más participativo y democrático".
Un año después, observan, "no se ha hecho público el resultado de las discusiones y la dirección no ha presentado al pueblo ningún plan concreto integral para sacar el país la crisis".
Esa dirección, agregan, "sigue negando el acceso del pensamiento revolucionario no oficial a la prensa, continúa usando el cerco imperialista como justificación para contener el avance de la socialización (...) y sigue recargándose todo el peso y la responsabilidad por la crisis en los trabajadores y el pueblo".
Según la proclama, Raúl Castro "abrió un capítulo de esperanzas" que no se debe perder, "pero la resistencia natural del tejido burocrático solo le ha permitido presentar medidas aisladas (...) sin confrontar los problemas de fondo".
El mercado "será necesario por un tiempo indeterminado", según el documento, y explica que un "error grave del socialismo estatal ha sido su pretensión de administrar y dirigir la economía y sus leyes que existen al margen de los deseos humanos".
Los firmantes proponen "perfeccionar" las elecciones con "formulas más participativas, democráticas y directas", y "actualizar el código penal de acuerdo con los recientes pactos de derechos humanos (...) firmados por el Gobierno", pero no ratificados.
"Deberán revisarse cuanto antes las condenas excesivas a detenidos por asuntos vinculados a cuestiones políticas", plantean.
Aconsejan "respetar la propiedad privada personal y la decisión sobre la misma y consecuentemente liberar la venta de objetos particulares incluidos autos y viviendas (...), así como facilitarse el trabajo libre para jubilados y discapacitados y liberar todo el trabajo por cuenta propia".
Fuente: Kaosenlared/EFE